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Sala: Museo Thyssen-Bornemisza
Dirección: Paseo del Prado, 8. Madrid
Fecha: Hasta el 25 de septiembre

Quien piense que la pintura de Antonio López es realista y roza lo fotográfico necesita urgentemente visitar la exposición que el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid le dedica este verano para salir de su error. Aunque es una opinión bastante extendida es definitivamente equivocada; basta un vistazo amplio a su obra y cercano a su pintura para descubrirlo.

Contrariamente a lo habitual, la muestra comienza por el último Antonio López, por sus trabajos más recientes (desde 1990 hasta hoy), y continua en la planta baja del museo con sus primeras obras. Es una distribución, cuando menos, curiosa, pero basada en la idea de que lo más interesante y desconocido para el público es su última producción.

Así que, tras unas primeras salas donde nos presenta a su familia y su hogar (la nevera, la alacena, las vistas desde la venta, el baño…) pasamos a esas maravillosas vistas de Madrid en las que ha trabajado de forma incansable casi toda su vida: Atocha, Madrid desde Capitán Haya, Madrid desde Torres Blancas, Madrid desde la torre de bomberos de Vallecas…, y por su puesto la Gran Vía, a diferentes horas y desde distintos puntos de vista. Son cuadros impresionantes, de una minuciosidad apabullante y que revelan un trabajo de orfebre al alcance de muy pocos. Antonio López dedica años, e incluso décadas, a estas obras. Ocho para Madrid desde Torres Blancas, nueve a Madrid desde Capitán Haya, ¡dieciséis años! para Madrid desde la torre de bomberos de Vallecas, ahí es nada. Y todavía asegura el autor que le resulta difícil dar por terminado un cuadro porque “una obra nunca se acaba”. Y esa es precisamente la sensación que nos dan sus vistas de la Gran Vía, a diferentes horas del día y desde distintos edificios. El punto de vista es siempre elevado y nos deja ver algún elemento desde el lugar donde ha colocado el caballete: un pedazo de balcón o el muro de una pared, de esa forma nos colocamos en el lugar del pintor y nos resultan más profundo y amplio el paisaje que tenemos delante. Acercándonos un poco a las pinturas descubrimos, efectivamente, que hay amplias zonas donde faltan los detalles, sólo cubiertos por pinceladas amplias de color, pero el cuadro funciona de todas formas, no precisa más trabajo para ser extraordinario.

En la planta baja del Museo Thyssen, donde continúa la exposición, podemos descubrir cómo llegó el pintor hasta esa excelencia en su obra viendo sus primeros trabajos. A estas alturas, decir que Antonio López es un gran dibujante es una perogrullada. Y aún así no dejan de sorprender sus dibujos a lápiz de lavabos, retretes, interiores ruinosos y sus retratos. A Antonio López le llaman la atención los objetos reales, cotidianos, e incluso vulgares y nos los devuelve descarnados, crudos, ásperos, despojados del halo de misterio con que suelen envolverlos los artistas para hacerlos más digeribles. Así nos ofrece su nevera abierta, el conejo desollado, la sucia y herrumbrosa taza del váter, el destartalado taller, la triste vista de una ventana desportillada.

Por último unas líneas para sus esculturas, repartidas por toda la exposición y que suponen una visión en tres dimensiones de sus retratos. Personalmente me ha impresionado la delicadeza de María dormida, destila todo el amor que un padre siente cuando ve a un hijo dormido.

En definitiva, una muestra imprescindible para este verano. Que la disfrutéis tanto como yo.